ISO 9000: ¿CATAPULTA O TRAMPA?
Texto original del artículo publicado en la revista Calidad
Empresaria, No 11, septiembre-octubre de 1998.
Autor: Raúl A. Santamarina.
Un sistema ISO 9000 contribuye, sin lugar a dudas, a sistematizar la
forma en que se ejecutan los procesos de una compañía, y
a dejar establecida firmemente una forma de operación. En la concepción
básica de la ISO 9000, se supone que esa es la manera que más
conviene para lograr calidad de producto y servicio. Pero en la práctica
empresaria no siempre es así. Además, la forma que se implanta
puede no ser la mejor desde el punto de vista de los resultados económicos.
De hecho, la ISO 9000 no tiene en cuenta la calidad de los negocios
que hace la empresa. Y una compañía vive de los negocios,
y no de los premios o certificados que obtiene. Por supuesto, disponer
de una certificación ISO 9000 es una ayuda, pues permite incrementar
(o sostener) las ventas. Pero en ese sistema hay oculta una trampa: la
de creer que los negocios mejorarán exclusivamente por tener ese
certificado. Es bueno recordar que los resultados de una compañía
no sólo dependen de las ventas, sino además de los costos
y de la capacidad de responder rápidamente a las nuevas necesidades
del mercado.
Frecuentemente, cuando el sistema ISO 9000 se implanta sin tener eso
en cuenta, se transforma en un generador de complicaciones, que en algunos
casos pesan más que las ventajas comerciales. De hecho, esas ventajas
se irán debilitando con el tiempo, debido a la generalización
de la certificación, pero las complicaciones quedarán presentes
en los procesos y en las formas de relación interna de la compañía.
Un sistema mal diseñado se transforma en una trampa que atrapa a
la empresa y le impide desarrollarse, en vez de una catapulta que la puede
lanzar al éxito.
Por ejemplo, algunos efectos de la implantación descuidada de
un sistema ISO 9000 suelen ser:
-
Anular la flexibilidad de la organización.
-
Potenciar la tendencia a la burocracia. Los procedimientos se pueden transformar
en el argumento que impida los cambios, y por ende el progreso.
-
Implantar formas de trabajo ineficientes o que reduzcan la velocidad de
respuesta.
-
Establecer mecanismos de trabajo que no sean compatibles con la cultura
organizacional, creyendo que el sistema por sí mismo modificará
esa cultura.
-
Provocar tensiones internas, por haber definido métodos de trabajo
que en la práctica no funcionan.
Estas distorsiones se pueden presentar cuando:
-
La implantación se hace exclusivamente para obtener la certificación,
sin analizar a fondo los procesos.
-
El apoyo técnico de consultoría lo da una organización
que sabe que el sistema no será juzgado críticamente en el
momento de la certificación, y en consecuencia no se siente forzada
a construirlo con alta calidad.
-
El apoyo (interno o externo) para la implantación lo da gente sin
conocimiento sobre organización empresarial, gestión de procesos,
interpretación de la cultura organizacional o simplificación
del trabajo.
Por supuesto, es posible implantar sistemas que ayuden a catapultar a la
compañía hacia el éxito, y de hecho muchas empresas
lo han logrado. En el diagrama adjunto se trata de representar el enfoque
que conviene dar al sistema para que sea apto para la empresa, teniendo
en cuenta que el mismo debería:
-
Llevar a obtener productos y servicios con calidad (incluyendo su diseño).
-
Tener capacidad de desarrollarse continuamente, por ser aceptado y sostenido
por toda la organización.
-
Ser compatible con la cultura organizacional.
-
Contribuir a una mejora sostenible de la productividad.
-
Ser fácilmente adaptable, para dar a la organización suficiente
flexibilidad.
En ese diagrama se ve que en realidad, si bien la ISO 9000 da una gran
amplitud para la selección del sistema de gestión, el que
más conviene a la empresa queda muy acotado, por lo que la planificación
del mismo se debe hacer con mucho cuidado.
Para implantar un sistema que en realidad funcione como catapulta es
recomendable:
-
Tener en cuenta que la certificación ISO 9000 no es el fin de un
camino, sino sólo el comienzo, y que el precio del error al elegir
mal ese camino será la pérdida de competitividad de la empresa.
-
Considerar con cuidado la cultura de la organización. Ésta
es infundida por la dirección de la empresa, que con las señales
que da constantemente muestra a toda la gente cuáles son las prácticas
aceptadas y los hábitos deseables. Es difícil que esa cultura
cambie substancialmente, y menos aún por la implantación
de un sistema de gestión basado en normas. El modo de liderazgo
no responde a normas.
-
Cuando se analizan los procesos, tratar de mejorar todo aquello que sea
posible. Por ejemplo: eliminar elementos que no agregan valor, mejorar
la capacidad de adaptación a situaciones cambiantes, eliminar los
factores causales de problemas de calidad o productividad, mejorar la operatividad
y la seguridad, etc.
Hay que recordar que el ser humano es adaptable. Cuando la gente percibe
que algún aspecto de la operación es inadecuado, tiende naturalmente
a ajustarlo, lo que reduce los efectos negativos. Pero si ese proceso inadecuado
queda plasmado en documentación de aplicación obligatoria,
ya no queda vía de escape, y la organización queda atrapada
en su propia ineficiencia.
-
Durante la implantación del sistema ir pulsando el efecto que ésta
tiene sobre el comportamiento de la gente, e ir trabajando con capacitación,
inducción, coaching de la gerencia, etc., para lograr que todos
se adapten adecuadamente. Un sistema no sirve si la gente no lo acepta,
y por ende no está dispuesta a respetarlo.
Autor: Ing. Raúl A. Santamarina
Director de CODEC – Consultores en Desarrollo Empresarial y Calidad.
Especialista en planeamiento y soporte en procesos de transformación
de organizaciones.
CODEC está certificada bajo norma ISO 9001.